17 de septiembre de 2015

Aterrizaje forzoso en París

¡Cuánto tiempo! Espero que esta sea la última vez que empiezo una entrada con la misma expresión. 

Esta vez tengo una buena excusa, te lo prometo. Resulta que he venido hasta París y, por lo que parece, voy a quedarme aquí por un tiempo (dos años al menos) Y -seguro que te lo he contado alguna vez- ya sabes lo jodido que es instalarse en esta maldita ciudad. Pero no voy a empezar por ahí. De hecho, esta vez mi travesía comenzó en Madrid poco antes de volar hacia aquí y un día antes de la apertura de curso.

¿Te imaginas que tienes que meter toda tu vida en una maleta y media? Sí, sí: pijama(s); camisetas; libros; apuntes; zapatos; los cadáveres que acumulas en el canapé de la cama; braguitas; lápices; maquillaje; comida al vacío (porque sí, obviamente me quería traer un buen repertorio de productos españoles antes de abandonar el país); etc. En fin, esa infinita lista de cosas. 

Además, seguro que también has pasado por ese momento previo a un viaje, cuando caes en la cuenta de que te has olvidado la plancha de pelo, el peine o yo qué sé. Pues eso mismo me pasó a mí en la cola hacia los mostradores de facturación aproximadamente media hora antes de que estos cerrasen. Pero no, no me había olvidado de un yo qué sé: me había dejado el puto DNI en casa -y no, tampoco llevaba encima el pasaporte. Puedes imaginar mi reacción al borde del suicidio o del harakiri, rodeada de maletas y con el billete en la mano. El caso es que mi bella madre fue capaz de volver a casa en tiempo récord para buscar mi DNI (que, cómo no, estaba en el escáner porque los franceses se excitan con los malditos papeles) y traérmelo, tan sólo ocho minutos antes de que cerrasen el chiringuito. Genial, ¿a que sí?

El caso es que nuestro avión, que en teoría debía despegar a las 20:40, iba a demorarse unos veinte minutos; así que no llegábamos tarde a la fase de embarque. De hecho, no nos sobró ni media hora ni una entera en la cola. Nos sobraron las cuatro horas de retraso que sufrió el trayecto y, por sobrar, también nos sobró el llegar a las cinco de la mañana a París y algo más tarde a la casa de los compasivos ángeles de la guarda amigos que nos acogían esa noche -ya que nuestro estudio nos lo daban el día siguiente. 

¿Recuerdas que volábamos un día antes de empezar las clases? Sí, ¿verdad? Pues verás: mis lunes empiezan a las 10:00 y terminan a las 21:15 y, como nuestros ángeles de la guarda amigos debían irse a sus respectivos trabajos, tuvimos que dejar su piso a las 8:00. No resulta difícil concluir que aquella noche dormimos poco más de dos horas, aunque nos quedaba el consuelo de llegar a nuestro ínfimo apartamento para... ¿descansar?

Imagino que para muchos el término "descansar" comprende una serie de características: sentarse, recuperar energía, comer, utilizar el baño libremen... ¿qué? Pues va a ser que no. Llegué a casa sobre las 22:00 -y sí, me meaba-, así que pensé que era el momento oportuno para estrenar nuestra caja con forma de baño. Pero la sorpresa llegó cuando fui a tirar de la cadena y... ¿qué? ¿Por qué no se oye nada? ¡Ah, que no funciona! Magnífico. Ideal. Conmovedor. Sobre todo porque esta situación se alargó un par de días y, claro, el tránsito intestinal integra determinados procesos -ya sabes- y sigue su curso o no.

La cuestión es que tuve que plantearme una solución provisional para este contratiempo y para ello hice uso del Starbucks que hay a cinco minutos de casa. No es que el Starbucks estuviera ahí para mí, sino que yo estaba ahí para él. Es decir, que aprendí a programar cualquier uso que pudiese hacer de él: unas veces descargaba archivos desde su router; otras veces eran otras cosas las que descargaba desde su aseo. Por su parte, también McDonald's fue una alternativa para dicho primer uso, aunque no para el segundo -ya me entiendes.

Pero esta autorregulación vital no fue la única complicación a la que nos enfrentamos. Por ejemplo, podríamos decir que nuestro estudio es esencialmente una cueva: se encuentra en el interior del edificio -por lo que no entra mucha luz- pero además no llega la cobertura, por lo que estábamos absolutamente incomunicados las primeras semanas. Lo bueno es que nunca llueve. Nunca llueve porque la lluvia no llega a nuestras ventanas. Es decir, tan sólo somos capaces de apreciarlo cuando diluvia torrencialmente en el mundo real. Romántico, ¿a que sí? En los siguientes posts lo sabrás.

Por otra parte, dormimos durante días tapándonos con los abrigos de invierno porque las sábanas estaban ya puestas cuando llegamos y no teníamos tiempo de hacer la colada -y porque nos daba cosa posar nuestros sofisticados glúteos sobre la cama y nos tumbábamos sobre el nórdico limpito.

Pero eh, no todo fue un desastre. La verdad es que, al menos esta vez, no tengo que subir las putas escaleras de cinco pisos y medio porque vivimos en el primero. Ah, no te dejes engañar: el apartamento es súper funcional y la verdad es que lo tenemos bastante cuqui gracias a algúnas técnicas ornamentales de bajo presupuesto.

En definitiva, fue todo algo precipitado pero ahora hemos cogido carrerilla y vamos mejorando (incluso le hemos sacado una cafetera y otras cosas a la casera).



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