27 de marzo de 2014

Una ciudad que os abofeteará antes de abrirse de piernas, relato de mi experiencia como Amsterdamer.

Bueno, pues como podréis apreciar, voy a dedicar esta nueva publicación a mi pasado viaje a la capital de Países Bajos: Amsterdam. Ya sé lo que estáis pensando y comprendo que sobre esta ciudad, como sobre las relaciones durante el Erasmus, hay bastantes prejuicios. Y entendámonos, no solo hablo de porrillos, ¿verdad? ¿VERDAD?

La ciudad de la maría legal -excepciones y precisión jurídica aparte- es también conocida por el famoso Barrio Rojo o Quartier Rouge (en francés suena de maravilla), donde jóvenes mujeres se exhiben en escaparates para vender su cuerpo. Y digo jóvenes porque la mayoría se forran tanto que se pueden permitir la jubilación a una edad que ya quisiéramos los españoles. 

Y aunque sé que os gustaría conocer los detalles más morbosos de este paisaje anatómico, no es ese el propósito del presente post. Mi intención es contar cómo Amsterdam nos castigó a mis amigos y a mí durante dos días de cuatro que estuvimos allí. ¿Por qué? No tengo ni la menor idea. Supongo que la pobre ciudad estará hasta el culo de tanto turista en busca de drogas y prostitutas nuevas experiencias. El caso es que mis amigos y yo fuimos para conocer la ciudad, de verdad. POR ESO DECIDIMOS DORMIR DOS DÍAS EN UN CAMPING A 45 MINUTOS EN BICI DEL CENTRO. Por eso y porque somos retrasados pobres.

Nosotros llegando al Camping como los putos dueños de aquel lugar.



El caso es que el rollito europeo-ciclista-lifeincolor nos moló bastante. En realidad, habría sido bastante mejor si hubiera conseguido una bicicleta con ruedines para niños. No es que no sepa montar le vélo, no os equivoquéis. La cuestión es que yo mido 160 centímetros siendo generosa y aquí tenéis una imagen explicativa de mi problema, no hace falta añadir comentarios...


Sin embargo no voy a ignorar que, honestamente, el camino que nos condujo hasta las arterias principales de la ciudad fue impresionante, en serio. 

Henos aquí. Yo la primera, claro está para dirigir a este torpe equipo sin rumbo.


El problema surgió cuando este espléndido pero inusual día en Amsterdam se convirtió en el infierno el diluvio universal. Imaginad lo que ocurre cuando después de horas montando el bici y tirándome de ella para frenar porque no llego al suelo comienza a chispear y decidimos volver al CAMPING. Imaginad que, bastante convencidos de ir sin rumbo, uno de nosotros se pierde. El último. El gracioso simpático. El previsor que no lleva ni un maldito móvil a un país que no conoce en un continente que no conoce. Imaginaos a Jordan.

Este es mi querido Jordie.

Tras ese sutil aviso de la madre Tierra para advertirnos sobre los malos presagios, se le acabó la paciencia. La lluvia comenzó a ser cada vez más fuerte y el cielo más oscuro, hasta que finalmente anocheció sobre las 4 pm y nosotros debíamos regresar a nuestro CAMPING atravesando aquel inmenso y poblado bosque. Mis gafas de oferta cada vez más empañadas y cubiertas de lluvia me impedían ver lo suficiente y, además, el pelo de la capucha de mi parca se descosió por lo que dos de mis cuatro ojos quedaron completamente inhabilitados

Encontramos en este momento diferentes reacciones. Destacaré las de Belén, Carla y el inmutable Adriá. La primera, cuya bondad supera límites insospechados, tratando de consolar al grupo ante la imposibilidad de avanzar debido a mi ceguera transitoria. Carla (a la que, por cierto, pertenecen los derechos de autor de las fotografías), simplemente siendo Carla en sus adentros. Su silencio dice más que muchas palabras y sus ojos bañados en llamas hicieron que no fueran necesarios los comentarios. Por último está mi querido e impasible compañero Adriá que, ante este sinsentido sólo podía pensar en liarse un cigarro. Y en fumárselo bajo el diluvio si hace falta, claro está.

Esta es una reciente fotografía de Adríá, tal vez en uno de los momentos más excitantes de su vida.


Ante este panorama, buscamos cobijo bajo los soportales de un colegio, cuyos patios transitaban cuatro adorables niñitos jugando al apuntad a la cara de la gitana fútbol. Fue gracioso cuando esa gitana que, para despejar dudas era yo, se cabreó de recibir balonazos y lanzó la dichosa pelota a tomar por culo protestando ante un viandante sobre la falta de educación de los jodidos niños holandeses. 

Justo en ese instante mi queridísimo Jorge y yo hablábamos por teléfono. Él intentando consolarme porque simplemente nos habíamos perdido de risas. Claramente no había comprendido qué estaba sucediendo cuando mis ojos se igualaron a los de Carla. Por ello le interrumpí para decirle un insólito "Parece que no estás entendiendo la gravedad de la situación" que, en otras circunstancias, habría implicado seguramente la ruptura o el crisol de nuestra relación.

"¡Cojamos el metro-tranvía-bus!" sugirió alguien. Todos nosotros lo celebramos, por fin podríamos volver al CAMPING gracias a un tranvía, dos líneas de metro y tan sólo trescientos ochenta y cuatro autobuses. 

Pero no, resulta que la ciudad de las bicis, está tan jodida de bicis que está prohibido subirlas en la mayoría de los transportes públicos. Así que (tras casi ser atropellada por una moto que circulaba por el carril bici), tuvimos que dejar nuestras bicis de alquiler amarradas a un handle cualquiera para volver a casa y recogerlas al día siguiente para no pagar otro genial día de alquiler de vélos

Fue gracioso cuando, al levantarnos, el día seguía del mismo humor que el anterior. Pero no voy a dramatizar. Cuando cogimos las bicis de regreso el milagro ocurrió: la lluvia torrencial se transformó en lluvia normal y, mientras llegábamos de nuevo a nuestro CAMPING, cesó. 

De todos modos, no podría dejaros sin algo bonito, no sin antes enseñaros también lo bueno que dejó la lluvia:




He aquí el final de mi historia, espero que os hayáis divertido tanto como yo. Por si os interesa, los últimos días en Amsterdam fueron bastante mejores e incluso pudimos disfrutar de la ciudad y de alguno de sus vicios.




24 de marzo de 2014

Un fin de semana más (contigo)

Como sabréis, existen más o menos 91092921 tópicos y prejuicios sobre las relaciones a distancia. Pues bien, si le sumamos el factor Erasmus, el número aumenta exponencialmente

¿Cuántos de vosotros pensáis que las parejas están destinadas al fracaso en este periodo, eh? ¿CUÁNTOS? En realidad, en algunos casos, no os falta razón. No es que me alegre precisamente pero sí es cierto que, en este tiempo, he presenciado cómo la mayoría de las parejas que he conocido se disolvían. La verdad es que la distancia, en general, es una variable dependiente de la solidez de una relación -y, aproximadamente, de un millón de cosas más- o, al menos, esto es lo que yo he podido extraer de mi experiencia personal.





Muchos estaréis pensando: "¿Pero a qué cojones te refieres con eso de la solidez?"



Pues, y no quiero pretender convertir esto en un juicio universal, bajo mi punto de vista la solidez de la que hablo se alcanza cuando los integrantes de una relación se encuentran en el mismo lugar. Venga, menuda soplapollez, pensaréis. Es cierto y es tan complicado como simple. Cuando dos personas no buscan lo mismo, apaga y vámonos. El compromiso y el respeto -o lo que uno entiende por respeto- también tienen mucho que ver. En fin, esto es un mundo.

He aquí una pequeña muestra de esto que os contaba, 
yo también tengo mi corazoncito.
De todos modos, aunque se dé este acuerdo, las circunstancias no son siempre fáciles. Es difícil mantener vínculos como el de la complicidad o el anhelo mutuo pero de ninguna manera imposible. 




Espero haber conseguido apartaros de esa tarea productiva que deberíais estar haciendo.






20 de marzo de 2014

M.

Ni los inusuales días de sol en París ni los ratos ociosos consiguen que me olvide de mi querida amiga Madrid.

Las arrugas por el paso del tiempo y el desgaste de sus huesos no la han restado ni un ápice de vida.

Madrid es una de esas  liberales y promiscuas que saben cómo pasar su tiempo en cualquier momento y lugar. La muy puta siempre está ocupada, aunque sabe cómo cautivarte en un rato, lo suficiente para que no la olvides nunca.  Puedes recurrir a ella para tomarte una copa o dos, Madrid guarda en su cómoda todo lo imprescindible y compartirá contigo lo que le pidas, si sabes cómo tratarla.

Cuando la echo de menos aunque la tenga cerca, me asomo por el balcón y la veo en todo su eterno resplandor, la oigo respirar. La calle Alcalá se extiende bajo los pies hasta que se pierde la vista en ambos sentidos. Un millón de luces se mezclan al final de cada uno.