30 de agosto de 2014

Dietas (mi dieta) y otros síntomas del síndrome de depresión postvacacional

En serio, al escribir el título de este post no he podido evitar preguntarme por qué síntoma y síndrome empiezan igual. Por eso he buscado la etimología de ambas palabras (derivadas del griego) y he descubierto que "sin" significa "con". ¿Qué locura demencial extrasensorial sensacional, no? 

Pero en fin, eso no tiene nada que ver con el título de esta publicación y no quiero defraudar a nadie con rollos pseudointelectuales que no llevan a ninguna parte. 

El caso es que el otro día estaba leyendo la revista Glamour en la playa...




Y un artículo referido a las dietas y las consecuencias de las mismas me llamó la atención. La verdad es que me gustaría tener delante el artículo para comentaros cada uno de los puntos absurdos que destacaba de lo tortuoso que es mantener una alimentación equilibrada y demás. El caso es que me acuerdo de que uno de esos motivos por los que las dietas no están creadas para mortales (y por ello tenemos que recurrir a la cavitación, a las lipos o al electro fitness, todos ellos al alcance de cualquiera) es su repercusión sobre las relaciones sociales. 

Porque, claro, ¿quién coño se plantea salir a tomar algo con las amigas y pedir un cortado con leche desnatada o una botella de agua mineral o, yo qué sé, un descabellado zumo de naranja natural? 

Obviamente, estos elementos entran en el bagage gastronómico que cualquiera debe portar. Por el contrario, debemos pedirnos como poco un gin tonic con pepino, pimienta en grano, pimienta molida, fresas, laurel, rábano del desierto, habas mágicas y unas gotas de suerte liquida o Felix Felicis (en realidad, no confío en que conozcáis este último ingrediente).

Pero bueno, mientras los/las divinos/as de este planeta sigan llenando el cupo de postureo atípico, yo me quedo con mi zumo de naranja natural, con el ejercicio y con mi dieta hipocalórica de toda la vida. Sí, sí, esa en la que comes verde y menos, pasas hambre y básicamente te jodes. 







25 de julio de 2014

El mundo de las apariencias

La agencia de evaluación de políticas públicas en la que me explotan en la que trabajo es, en la mayoría de las ocasiones, contratada por instituciones de la Unión Eurofea. Ahora creo que tengo una opinión más formada sobre esos actores políticos que nos resultan tan extraños a la mayoría de los españoles.



Recurso: El País

No querría mencionar a David Chandler con su The Problems of ‘Nation-Building’: Imposing Bureaucratic ‘Rule from Above’ porque, aparte de resultarle un texto infumable a cualquiera con algo de vida social (se ve que no es mi caso), supongo que las condiciones en Bosnia o Iraq se quedan bastante lejos de las que caracterizan la España actual (que, afortunadamente en la última semana, muestra un crecimiento del 0,4% en la tasa de empleo trimestral según El País, ¡qué maravilla! 

La cuestión es que observo a mis compañeros -bien europeístas- hablando con esa soltura de millones de euros mientras que yo -cuan populacha- soy incapaz de imaginar más dinero del que pagué por mi Fiat de segunda mano.

¿Será posible que una entidad supranacional esté en contacto con la realidad del ciudadano de a pie? ¿Es práctica esta 'Rule from Above' que Chandler critica en su obra y que, a veces, nos obliga a cumplir con determinados estándares comunes a veintiocho dispares entidades nacionales miembro e innumerables entidades regionales (no hablemos de locales)?

Confieso que mi instinto desconfía, más bien, de estos organismos inmensos. Como desconfío del cortejo diplomático que envuelve toda la política y el sector público (de alto nivel) en general. ¡Qué paradoja mi vida!

De nuevo, El gran Teatro del Mundo:






7 de mayo de 2014

Cómo llegar a ser un tiburón.



Amigos, en esta entrada os voy a contar la historia real que cambió el curso de mi vida a la edad de siete años, ¿pronto, no? 

Estaba yo en mi clase de segundo de primaria junto con otras tres decenas de compañeros, tratando de entender la multiplicación y sus propiedades. ¿Os acordáis? 

Tras citar y explicar las propiedades de la multiplicación, la profesora (a la que por cierto aprecio muchísimo) escribió en la pizarra una multiplicación gigante. Era como de dos líneas enormes y entre medias, como queriendo esconderse, se alojaba un cero como una casaSabréis (espero) que, básicamente, toda multiplicación en la que se encuentre un 0, tendrá como resultado... ¡0!

El caso es que algo que a nuestra edad parece tan obvio no lo es al parecer para los niños de siete años que, generación tras generación, se equivocan una y otra vez. Y ahí estaba yo, en la fila pareada de mesas de alumnos dispuestos a averiguar el resultado de la compleja operación.

Recuerdo que la profesora preguntó siguiendo primero el orden de las columnas de pupitres y después eligiendo a los alumnos de izquierda a derecha (los pupitres tenían dos plazas). Pues bien yo sería la alumna número 10 o 12... a la derecha. Y esto es crucial, ¿sabéis? 

Lo es porque esperé que los compañeros que iban antes de mí respondiesen para culminar con mi gran momento: yo sabía la respuesta y acertar supondría un positivo y el tan ansiado reconocimiento de la profesora.

Según iban contestando (y fallando), mi compañera de pupitre me preguntó cuál sería mi respuesta y yo fui sincera (error). Al parecer ella iba a contestar una sobrada como todos los demás, del rollo: 83092183092. Así que, tan tranquila seguí esperando que llegase mi turno. 

Cuando por fin nos iba a tocar fue cuando todo mi entusiasmo se transformó en perplejidad: mi compañera se dispuso a responder cuando la profesora le preguntó y adivinad qué hizo la muy hijaputa: me robó la respuesta y se terminaron el juego, el positivo y el reconocimiento. 




¿Qué aprendí en aquel momento? En realidad bien poco reflexioné aquel día o semana sobre el significado de lo que había pasado, pero hoy todavía acabaría gustosamente con la absurda existencia de mi compi de mesa.

¿Qué aprendo ahora? ¿Puedo aplicar esta historia infantil a la vida adulta? Desde luego que sí, amigos lectores. Lo que hoy en día extraigo de esta (por aquellos entonces) amarga experiencia son tres ideas:

-La importancia del posicionamiento de uno mismo 
-El valor de la originalidad y de las ideas propias
-Nunca cometas dos veces el mismo error.

No cometáis mi error de nuevo y tened siempre en cuenta la naturaleza vil del ser humano y los actos que derivan de su mezquino instinto de supervivencia.







28 de abril de 2014

Los must del estudiante SciencesPo, esa futura eminencia

Puede que sea hora de que le dedique a París alguna entrada, que no siempre se tiene la oportunidad de vivir en una ciudad diferente y tan prestigieuse como esta. 

Antes de nada, es importante saber que en esta capital del país centro-europeo absolutamente todo es súper glamuroso, súper elitiste, súper cosmopolita y, en definitiva, súper prestigioso

Estos parisinos no se quedan cortos cuando se trata de barrer para casa. Puede apreciarse incluso en los escritos de Tocqueville (y eso que no era parisino, el pobre hombre) sobre la Revolución Francesa. En estos, el francés básicamente le otorga a Francia el rol supremo de la humanidad, el de protagonista mundial que ha dado un paso hacia la Modernidad para salvar al resto del mundo de la injusticia y la crueldad de l'Ancien Régime. Que yo no digo que la Revolución Francesa no tuviera sus frutos pero que toda la clase y la elegancia pública se bajan del carro cuando asumes que eres tan genial como eres o eso dicen.

En fin, aparte de estas generalidades, si además estás estudiando en una de las écoles más pretigieuses del París ya prestigieux, lo flipas. 

Es por esto que aprovecharé la oportunidad de moverme entre los distintos perfiles de estudiante en l'Institut d'Études Politiques de París para comentaros algunos de los rasgos que comparten los que entraron a través de la prueba de selección interna (los estudiantes internacionales somos más polifacéticos -o menos listos, depende de cómo lo mires).


1.- Llegar en taxi a clase está bien visto. Si además tu taxi es un vehículo híbrido, ganas puntos por ecologista.

2.- Entrar a clase con bolsas de las boutiques de Saint-Germain-des-Prés: véanse las de Ralph Lauren; Armani o tal vez las de Zadig & Voltaire.

3.- El postureo bohemio parisino.

4.- El traje en clase es imprescindible. Algunos afirman que se trata de un rito de iniciación: hasta que no lo utilizas no eres digno de las palabras de los que ya están iniciados. Un mero trámite, vaya.

5.- Participar en clase, debatir e incluso creer que estás solucionando los problemas del mundo bajo un cochombroso techo parisino. 

6.- La gala de SciencesPo, el cocktail y los 60 euracos que hay que pagar para asistir.

7.- Como no, las formules de politesse. En serio, si queréis que un profesor/eminencia os conteste empleadlas. O no las empleéis. No va a contestar de todos modos.

8.- Un Mac, o un iPad, iPhone o cualquier i(espacio a rellenar por el consumidor).

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En fin, de un modo u otro, esto son los gajes que uno asume al encontrarse en esta peculiar ciudad de contrastes. De hecho, he aquí algunas de las partes de esta ciudad desde el sureste hasta el noroeste y a través de la quai de la Seine.













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1 de abril de 2014

2 series que no debes dejar pasar.

Si puedo decir algo certero sobre este año de empollona Erasmus es que he podido organizar mi tiempo en función de mis preferencias. Y me ha encantado, excepto porque el 70% de mi tiempo libre lo dedico al estudio (cuando vivía en Madrid tenía una vida social normal, lo prometo).

Sin embargo, hoy os contaré que una gran parte del 30% restante lo he dedicado a las series. ¿A quién no le gustan las series? Pues bien, mi intención es recomendaros nada más y nada menos que dos de la series que he visto y que me han robado el coração. 

  • La primera serie que os voy a recomendar es la estadounidense Orange is the New Black, creada por Jenji Kohan.
Si no habéis oído hablar de ella o no tenéis ni idea, os haré un breve pero conciso adelanto gráfico:


Como habréis podido apreciar, esta historia simultáneamente cómica y dramática se desarrolla en un centro penitenciario para mujeres. 

Su protagonista, Piper Chapman, es una mujer corriente que cometió el error de conocer a su ex Alex Vause. Esta última se dedica al cartel internacional de droga. O más bien se dedicaba hasta que entró en prisión, como Piper que acaba también sentenciada a una corta condena colateralmente.

Realmente estos capítulos logran ponerte en la piel de la protagonista Aunque de reconocer que el diálogo no es insuperable y os admiro si pensáis verla en versión original sin subtítulos y entender todo.

¡Ah, por cierto! Se me olvidaba mencionar que Piper está prometida y que el hecho de que sea la más socialmente aceptada le plantea más problemas que ventajas.


Este es Mr. Healy, el funcionario más cercano a las presas y el que lidia con las rutinas de la cárcel: conflictos, sexo, violencia, drogas, suicidios...

  • La segunda serie que merece vuestro respeto es la también estadounidense True Detective, de Nic Pizzolatto.
Esta serie de carácter policíaco posee de un guión impresionante. No sólo es ingenioso y profundo en ocasiones, si no que además las mejores intervenciones están en boca de Matthew McConaughey. Es absolutamente brillante y desafía a la estructura convencional de series de asesinatos y policías.


Se trata de una serie de capítulos de una hora a través de los que se relata mediante flashwards la investigación de un caso de homicidios en cadena que acabará por retomarse al final gracias a la iniciativa del protagonista Rust Cohle.



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Ya os aviso que en ambas predomina un estilo ostensiblemente naturalista que ni Émile Zola se imaginaría hacia finales del XIX, por eso os recomiendo que las disfrutéis tranquilamente en intimidad.






27 de marzo de 2014

Una ciudad que os abofeteará antes de abrirse de piernas, relato de mi experiencia como Amsterdamer.

Bueno, pues como podréis apreciar, voy a dedicar esta nueva publicación a mi pasado viaje a la capital de Países Bajos: Amsterdam. Ya sé lo que estáis pensando y comprendo que sobre esta ciudad, como sobre las relaciones durante el Erasmus, hay bastantes prejuicios. Y entendámonos, no solo hablo de porrillos, ¿verdad? ¿VERDAD?

La ciudad de la maría legal -excepciones y precisión jurídica aparte- es también conocida por el famoso Barrio Rojo o Quartier Rouge (en francés suena de maravilla), donde jóvenes mujeres se exhiben en escaparates para vender su cuerpo. Y digo jóvenes porque la mayoría se forran tanto que se pueden permitir la jubilación a una edad que ya quisiéramos los españoles. 

Y aunque sé que os gustaría conocer los detalles más morbosos de este paisaje anatómico, no es ese el propósito del presente post. Mi intención es contar cómo Amsterdam nos castigó a mis amigos y a mí durante dos días de cuatro que estuvimos allí. ¿Por qué? No tengo ni la menor idea. Supongo que la pobre ciudad estará hasta el culo de tanto turista en busca de drogas y prostitutas nuevas experiencias. El caso es que mis amigos y yo fuimos para conocer la ciudad, de verdad. POR ESO DECIDIMOS DORMIR DOS DÍAS EN UN CAMPING A 45 MINUTOS EN BICI DEL CENTRO. Por eso y porque somos retrasados pobres.

Nosotros llegando al Camping como los putos dueños de aquel lugar.



El caso es que el rollito europeo-ciclista-lifeincolor nos moló bastante. En realidad, habría sido bastante mejor si hubiera conseguido una bicicleta con ruedines para niños. No es que no sepa montar le vélo, no os equivoquéis. La cuestión es que yo mido 160 centímetros siendo generosa y aquí tenéis una imagen explicativa de mi problema, no hace falta añadir comentarios...


Sin embargo no voy a ignorar que, honestamente, el camino que nos condujo hasta las arterias principales de la ciudad fue impresionante, en serio. 

Henos aquí. Yo la primera, claro está para dirigir a este torpe equipo sin rumbo.


El problema surgió cuando este espléndido pero inusual día en Amsterdam se convirtió en el infierno el diluvio universal. Imaginad lo que ocurre cuando después de horas montando el bici y tirándome de ella para frenar porque no llego al suelo comienza a chispear y decidimos volver al CAMPING. Imaginad que, bastante convencidos de ir sin rumbo, uno de nosotros se pierde. El último. El gracioso simpático. El previsor que no lleva ni un maldito móvil a un país que no conoce en un continente que no conoce. Imaginaos a Jordan.

Este es mi querido Jordie.

Tras ese sutil aviso de la madre Tierra para advertirnos sobre los malos presagios, se le acabó la paciencia. La lluvia comenzó a ser cada vez más fuerte y el cielo más oscuro, hasta que finalmente anocheció sobre las 4 pm y nosotros debíamos regresar a nuestro CAMPING atravesando aquel inmenso y poblado bosque. Mis gafas de oferta cada vez más empañadas y cubiertas de lluvia me impedían ver lo suficiente y, además, el pelo de la capucha de mi parca se descosió por lo que dos de mis cuatro ojos quedaron completamente inhabilitados

Encontramos en este momento diferentes reacciones. Destacaré las de Belén, Carla y el inmutable Adriá. La primera, cuya bondad supera límites insospechados, tratando de consolar al grupo ante la imposibilidad de avanzar debido a mi ceguera transitoria. Carla (a la que, por cierto, pertenecen los derechos de autor de las fotografías), simplemente siendo Carla en sus adentros. Su silencio dice más que muchas palabras y sus ojos bañados en llamas hicieron que no fueran necesarios los comentarios. Por último está mi querido e impasible compañero Adriá que, ante este sinsentido sólo podía pensar en liarse un cigarro. Y en fumárselo bajo el diluvio si hace falta, claro está.

Esta es una reciente fotografía de Adríá, tal vez en uno de los momentos más excitantes de su vida.


Ante este panorama, buscamos cobijo bajo los soportales de un colegio, cuyos patios transitaban cuatro adorables niñitos jugando al apuntad a la cara de la gitana fútbol. Fue gracioso cuando esa gitana que, para despejar dudas era yo, se cabreó de recibir balonazos y lanzó la dichosa pelota a tomar por culo protestando ante un viandante sobre la falta de educación de los jodidos niños holandeses. 

Justo en ese instante mi queridísimo Jorge y yo hablábamos por teléfono. Él intentando consolarme porque simplemente nos habíamos perdido de risas. Claramente no había comprendido qué estaba sucediendo cuando mis ojos se igualaron a los de Carla. Por ello le interrumpí para decirle un insólito "Parece que no estás entendiendo la gravedad de la situación" que, en otras circunstancias, habría implicado seguramente la ruptura o el crisol de nuestra relación.

"¡Cojamos el metro-tranvía-bus!" sugirió alguien. Todos nosotros lo celebramos, por fin podríamos volver al CAMPING gracias a un tranvía, dos líneas de metro y tan sólo trescientos ochenta y cuatro autobuses. 

Pero no, resulta que la ciudad de las bicis, está tan jodida de bicis que está prohibido subirlas en la mayoría de los transportes públicos. Así que (tras casi ser atropellada por una moto que circulaba por el carril bici), tuvimos que dejar nuestras bicis de alquiler amarradas a un handle cualquiera para volver a casa y recogerlas al día siguiente para no pagar otro genial día de alquiler de vélos

Fue gracioso cuando, al levantarnos, el día seguía del mismo humor que el anterior. Pero no voy a dramatizar. Cuando cogimos las bicis de regreso el milagro ocurrió: la lluvia torrencial se transformó en lluvia normal y, mientras llegábamos de nuevo a nuestro CAMPING, cesó. 

De todos modos, no podría dejaros sin algo bonito, no sin antes enseñaros también lo bueno que dejó la lluvia:




He aquí el final de mi historia, espero que os hayáis divertido tanto como yo. Por si os interesa, los últimos días en Amsterdam fueron bastante mejores e incluso pudimos disfrutar de la ciudad y de alguno de sus vicios.




20 de marzo de 2014

M.

Ni los inusuales días de sol en París ni los ratos ociosos consiguen que me olvide de mi querida amiga Madrid.

Las arrugas por el paso del tiempo y el desgaste de sus huesos no le han restado ni un ápice de vida.

Madrid es una de esas  liberales y promiscuas que saben cómo pasar su tiempo en cualquier momento y lugar. La muy puta siempre está ocupada, aunque sabe cómo cautivarte en un rato, lo suficiente para que no la olvides nunca.  Puedes recurrir a ella para tomarte una copa o dos. Madrid guarda en su cómoda todo lo imprescindible y compartirá contigo lo que le pidas, si sabes cómo tratarla.

A veces me asomo por el balcón y la veo, la escucho en todo su eterno resplandor, la oigo respirar. La calle Alcalá se extiende bajo los pies hasta que se pierde la vista en ambos sentidos. Un millón de luces se mezclan al final de cada uno.