8 de febrero de 2016

Los clichés de la vida doméstica ¿en París?

Su rostro es lo primero que veo cada mañana, junto al amanecer. Me gusta esperar durante un instante mientras observo como él respira dulcemente mientras duerme. Otro día maravilloso nos espera tras abrir la puerta que separa nuestro pequeño pintoresco estudio de la capital más encantadora del Antiguo Continente: París.

Justo entonces me caí, en mitad del sueño. ¿Acaso esperabas una comedia romántica al estilo de las películas de sobremesa de los domingos navideños? Si es así, mejor que cierres esta pestaña del navegador. Cuatro años de relación dan para mucho: muchas más anécdotas, mucho más versátiles que las que podrían esperarse de una novela de Federico Moccia.

Nuestros temillas de convivencia podrían explicarse a partir de los siguientes puntos (que nada son en comparación con los compañeros de piso indeseables):

1. Los cereales reclaman una separación de bienes urgente. Porque claro, en primer lugar está la ardua lucha por comprar el tipo de cereales que le gusta a cada uno. ¿Que podríamos comprar una caja para cada uno? Sí ¿y qué sería lo siguiente? ¿Comprar carne de ternera si eso? ¿Comprar papel higiénico de doble capa? Por favor, seamos coherentes.

El caso es que una vez que cada uno ha luchado por llevarse la marca de cereales que prefiere, queda lo mejor. La parte en la que uno consigue que se compren los cereales quería y la otra parte, en la que uno no sabe nada sobre cómo esos cereales se han reducido un 75% en dos días. ¿Pero qué demonios? ¿No se supone que estos de chocolate no te gustaban, puta? Así es cada una de nuestras mañanas.

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2. Un termo eléctrico demasiado pequeño o la habilidad insuficiente para disimular el pelo sucio. De hecho.

¿Pero qué es eso de levantarse el primero para ducharse todo gocho y acabar con los más que suficientes 12 litros del depósito? ¿Pero te has vuelto loco? Vamos, yo con esa agua limpio cada una de las ventanas de las cincuenta plantas que tienen las cuatro torres de Madrid. Y todavía me sobra para un caldo, no sé tú.

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3. La vida nocturna: y con ello no me refiero a eso de salir y pasárselo ¿qué? No te vayas a confundir. En esta casa no se siguen las modas esas de los seres sociales, sino que hablamos mientras dormimos para suplir la falta de socialización

Me refiero a que alguien te despierte en mitad de la noche para invitarte a una merienda entre sueños. Otras veces soy yo la que comenta "¡Qué fácil que es controlar a los hombres!" antes de echarse a reír a carcajadas mientras duerme. Supongo que si seguimos juntos es porque me tiene cariño y algo de aprecio. ¿No crees?

4. Vivir "independientemente" también te procura nuevas y singulares skills. La nueva habilidad que pronto revelaré también en LinkedIn es la de sesadora de pollos (#chickensesator). Porque sólo los más ruines y "apañaos" saben que el pollo a piezas sale más barato al peso que esas pechuguitas bien fileteadas para burgueses. En nuestra casa somos nosotros los que destrozamos, decapitamos, fileteamos, troceamos y destruimos el pollo. Aquí tonterías y pijadas, las justas.




5. Poner una alarma, poner dos alarmas, poner tres alarmas, en fin. Ya sabéis que hay dos tipos de persona: aquellas que ponen la alarma a una hora porque se levantarán en dicho momento (se trata de mi caso y de lo más lógico, si se me permite la crítica) y aquellas que deciden jugar con las fases del sueño y programar dos o incluso tres alarmas diferentes para bajar varias veces las putas escaleras (es lo que tiene dormir en una mezzanine). ¿Pero a qué clase de tortura os sometéis voluntariamete almas de cántaro? No lo entiendo. Y claro, lo peor viene cuando una persona del primer grupo duerme con una persona del segundo que, por circunstancias de la vida, se levanta antes: orgásmico.

6. El cambio radical que sufre tu vida cuando te conviertes en el novio de una pesada que no hace más que publicar contenidos everywhere: qué coñazo de persona soy, en serio. Qué paciente mi amado, se tiene ganado el cielo.

De esto que vamos a un "escenario" y me quito el abrigo, el bolso y se lo endoso al pobre. Y poso. Y vuelvo corriendo porque llevo las gafas y quiero que se las quede. Y regreso a la pose. Y vuelvo porque tengo que pintarme los labios y tengo que sacar el móvil del bolso para utilizar la auto-cámara. Y vuelvo. Y entonces me doy cuenta de que quiero que sea otro encuendre [...]. Precioso. Si no es amor que venga el mismísimo Moccia y lo vea.



7. La búsqueda incansable de la bolsa de oro. Sí, esa bolsa del súper que no se va a rajar de arriba a abajo en cuanto salgas por la puerta y ya no puedas pedir otra. Y a quién le toque, le ha tocao y le toca llevarla como sea hasta casa. Con tal de ello, no importa que vayas haciendo malabares con las manos ensangrentadas si es necesario.

8. El oscuro riesgo de que a uno se le caiga algo detrás de los muebles de la cocina. Eso sí, si te toca la has cagado man. En primer lugar, porque si el lugar es accesible vas a encontrarte todo tipo de seres o formaciones de cosas en sus diferentes estados. Si, en segundo lugar, no eres capaz de llegar al hueco que hay detrás del fregadero, lo siento. Serás tú el que habrá de lidiar con las cucarachitas que nacerán de los restos de patatita que hoy ha rodado inocentemente hacia su destino final. También puedes bailar el "Follow the leader" con ellas, si te animas.

Seguro que podría hacer una lista interminable de estos deliciosos momentos de la vida doméstica y de la convivencia pero mejor me los guardo para futuros posts, que es lunes y hay que rendir.


¿Qué te parece el romanticismo parisino?